martes, 22 de septiembre de 2009

Mes de la Biblia.. La Biblia no es un libro del pasado sino un principio de fe


Para el cristiano, la persona de Jesucristo es el centro que da sentido a su vida. Ya es un lugar común al hablar del cristiano recordar la frase del encuentro de Aparecida: «No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva.» Ahora bien, la pregunta importante es ¿dónde me encuentro hoy con Jesucristo? Esta pregunta me permite hablarles de uno de los modos que él ha elegido para permanecer con nosotros, me refiero a su Palabra, que es la Palabra de Dios. Esto lo hago en este mes de setiembre, en el que celebramos el Mes de la Biblia.

Esta presencia de Jesucristo a través de su Palabra no tiene sólo un contenido doctrinal, sino que es para nosotros un acontecimiento que nos permite hoy entrar en comunión viva con él. La Biblia no es un libro del pasado, algo histórico, sino un acontecimiento que se hace presencia para quien la lee con un corazón abierto, este es el principio de la fe. La Palabra de Dios que se hizo realidad humana y divina en la persona de Jesucristo, es nuestro primer lugar de encuentro con él. Para esto he venido, nos dirá, para ser el Camino, la Verdad y la Vida de cada uno de ustedes. Como vemos, el lugar que ocupa la Palabra de Dios en un cristiano es único y central. Por ello se dice que el cristianismo no es tanto el camino del hombre hacia Dios, sino el camino de Dios hacia el hombre. A este camino de Dios lo encontramos en la Biblia.

Este venir de Dios hacia nosotros requiere una actitud que ponga el acento en la escucha de su Palabra. No estamos, les decía, frente a un libro de historia sino ante un libro de Vida, que para quien la recibe con un corazón abierto se convierte en fuente de luz, de sentido, de alegría y de paz. La Palabra de Dios tiene que ver con la verdad del hombre, porque hemos sido creados a su «imagen y semejanza». Dios no es ajeno al hombre, es su creador, por ello en él encontramos el sentido de nuestra vida. San Agustín, decía: «Mi corazón estuvo inquieto, Señor, hasta que no te encontró a ti». Con cuánta sabiduría canta el salmista: «Tu Palabra Señor es la verdad y la luz de mi vida”. O el profeta Jeremías: «Cuando se presentaban tus palabras, decía, yo las devoraba, porque tus palabras eran mi gozo y la alegría de mi corazón” (15.16)